Kamchatka
Nueva Delhi, Marrakech, Estambul, Buenos Aires, La Habana, te quiero. Qué ganas de sensación de aeropuerto, de no saber donde dormir mañana.
No es la primera vez que tengo que escuchar ruborizado, en ciertos círculos de gente universitaria que se cree entendida y además culta por ocupar cargos de cierta responsabilidad, -aunque merecerían la hoguera por blasfemia y herjía-, aquello de que no se debe viajar nunca a un país con menor desarrollo que el propio. Como si se pudiera decir, sin probar otros, que los mejores gazpachos son los de mamá y las únicas ideas válidas las que uno tiene.
Qué sinrazón, que aburrido quedarse en el complejo vallado del hotel, qué estrechez de miras, qué insano no saber mirar al otro con curiosidad felina, qué desgracia no tener voraz apetito de conocer y soñar con la otra orilla.
Viajar por otras culturas, por otros países diferentes, supone darse cuenta de que uno no es el epicentro absoluto de las cosas. Que hay otras sonrisas, otra forma de pensar, otros mundos tan reales y tan vivos como el nuestro.
Debe ser hermoso pasear por Paris o contemplar los rascacielos de Nueva York, pero no debe ser menos impresionante hacer ala delta en el Tíbet, comprar artesanía en Antigua Guatemala o un desayuno de besos con mermelada después de haber dormido en Cuzco, Perú, con la mujer a la que amas.
No es mejor, ni más interesante, ni tan siquiera más bonito conocer un país por ser más desarrollado económicamente o por tener más amplias avenidas, o mejores tiendas para compras. Es la gente la que hace las ciudades apasionantes y misteriosas. Y cuanto más apasionantes y misteriososas, más sensuales y seductoras, como la belleza de una mujer.
Y lo demás es miedo, y cerrar los ojos a lo que nos rodea, y falta de interculturalidad, y cierto olorcillo -ustedes sabrán perdonarme-, a xenofobia, como en esos colegios privados donde van niños repeinados, todos oliendo a colonia, todos uniformados, todos iguales, sin ningún compañero de pupitre que hable raro y se llame Mohamed, o Nemanja o Elvis, y luego jugando por el barrio, o peor aún, saliendo un día con papá de la mano de la urbanización residencial con piscina, pista de pádel y gimnasio, ven a un negrito que sale de un locutorio y el crío se queda todo blanco como si hubiera visto a un fantasma. Y si en el colegio no hay chicas y la que sale del locu es Josmary, dominicana, doce años, piel morena, promesa de mujer, Jorgito se sube a un árbol y no se baja en toda la tarde.
Más de media noche. La ciudad se ha ido quedando dormida. Nairobi, Barranquilla, Sarajevo, Moscú. Apenas alguna lucecita fuera en medio de la oscuridad. Algún estudiante, algún periodista acabando una crónica de sucesos. El Cairo, Tinduff, Maracaibo, Boca Chica, Kamchatka.
(Último artículo publicado en el diario El Pueblo de Albacete)



